miércoles, 26 de diciembre de 2012

Feliz Navidad

 Almudena Grandes - El País 24.12.2012
 A los culpables, a los corruptos, a los indiferentes, a los insolidarios, a los mentirosos, lo único que les deseo es que se intoxiquen con una ostra justiciera
A los que luchan por la dignidad de todos. A los huelguistas de la sanidad pública, a los combatientes de la marea verde, a los investigadores y científicos que no quieren emigrar, a los trabajadores de Canal Nou, a los de Telemadrid, a todos los periodistas que no han renunciado a su oficio, a los voluntarios que paran los desahucios, a los jueces que se niegan a que la justicia se convierta en un privilegio, a los farmacéuticos que se saltan la ley a la torera, a los que trabajan gratis en cualquier sector para mantener en pie los servicios que este Gobierno está arrebatando a los ciudadanos cuyos intereses debería proteger, a los que se movilizan, a los que se indignan, a los que protestan por ellos y por los demás.
A los pequeños héroes de la vida cotidiana. A los pensionistas que mantienen a sus hijos en paro con una pensión raquítica. A los abuelos que esta noche cenarán una tortilla francesa para que sus nietos no se queden sin juguetes. A las cocineras que harán milagros con el dinero que hace poco se gastaban sólo en turrón. A los que cantan y bailan con un sapo atravesado en la garganta. A los que van a contribuir a encender las luces de sus casas con la miseria que cobrarán el 8 de enero por veinte días de trabajo temporal, sirviendo mesas o empaquetando regalos. A los que recuerdan Navidades mucho más pobres, y se extrañan de que éstas nos den tanto miedo.
A los que lo están pasando mal. A los que no tienen trabajo, a los que no ven la luz, a quienes no duermen por las noches, a quienes sienten que les han robado el futuro. A todos ellos, cualquiera que sea el significado de esas palabras en este año maldito, feliz Navidad. A los demás, no. A los culpables, a los corruptos, a los indiferentes, a los insolidarios, a los mentirosos, lo único que les deseo es que se intoxiquen con una ostra justiciera. Ojalá.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Una boñiga


 
Del mismo modo que los alemanes, según Phil K. Dick, ganaron la II Guerra Mundial haciendo creer a los aliados que la habían perdido, quizá el teniente coronel Tejero, tras fingir que se rendía, tomó para siempre el Parlamento. Fruto de ese golpe de Estado sería la realidad actual, en la que rige una Constitución que es papel mojado en sus máximas aspiraciones, ya que ni los españoles somos iguales ante la ley (y después de Gallardón menos) ni, según la última reforma laboral, tenemos el derecho al trabajo que antes al menos se nos reconocía en la teoría. Todo ello por no hablar de la entelequia esa de la vivienda digna o del acceso a la sanidad y la educación públicas. Nos ha tocado en suerte, por si fuera poco, un ministro de Cultura beato cuya máxima aspiración es parecerse a un toro bravo españolista (no hay toros bravos simplemente españoles). Más aún: se indulta a los banqueros ladrones y a los torturadores declarados mientras se deja escapar con triquiñuelas jurídicas a los capos de mafia internacional. Así las cosas, cuando el PP compara al 15M con Tejero, no hace otra cosa que desviar la atención de sí mismo. Ellos son Tejero. No solo incumplen el programa que los llevó al poder, sino que saquean al ciudadano obedeciendo órdenes de las mafias financieras internacionales. Nada de lo que inspiró la Constitución del 78, comenzando por su preámbulo, sigue en pie ahora mismo. Es cierto que se mantiene la formalidad de votar cada cuatro años, aunque ya el ciudadano ha quedado advertido de que la relación del partido ganador con su programa no es vinculante y que el voto, por lo tanto, vale lo mismo que una boñiga. ¿Quiénes, pues, son los verdaderos okupas, los que están dentro del Parlamento, teledirigidos por intereses foráneos, o quienes son minuciosamente apaleados, y en todos los sentidos, a sus puertas?

 http://elpais.com/elpais/2012/12/13/opinion/1355425686_952146.html

sábado, 13 de octubre de 2012

Un gilipollas

JUAN JOSÉ MILLÁS 12/10/2012 Informacion.es El Periódico de la Provincia de Alicante

Dicen que ese político del PP que aseguró que las leyes, como las mujeres, estaban para ser violadas, continúa todavía perplejo. Convencido de haber dicho algo ingenioso y profundo, que le catapultaría a las cimas de la política nacional, no acaba de comprender su situación. Amigo de la ministra Báñez, íntimo del presidente Feijóo, admirador de Aznar y devoto de Fraga, había expresado ideas semejantes en reuniones privadas con la complicidad y el aplauso de los presentes. ¿Qué rayos ha ocurrido para que aquello con lo que triunfaba en la intimidad le condujera al fracaso en la vida pública?
-Pues que hay que disimular, hombre -le habrán dicho sus compañeros-. Una cosa es lo que se piensa y otra lo que se dice. Todos sabemos para qué sirven las leyes y las mujeres, pero también sabemos para que está la medicación inhibidora y tú, a juzgar por el desparpajo del que haces gala, has dejado de tomarla.
Acto seguido, salió a la palestra Núñez Feijóo orgulloso de que su compañero de ideología hubiera dimitido a las pocas horas de haber dicho para qué servían las mujeres y las leyes. No se dio cuenta de que él mismo debería haberlo cesado al minuto siguiente de la declaración, de modo que también le traicionó el subconsciente. Es como si un policía se vanagloriara de que un asesino al que había podido detener el día 15 se entregara voluntariamente el día 18. Durante los tres días que permaneció fuera del calabozo podría haber cometido siete crímenes más. El señor para el que las mujeres y las leyes sólo servían para ser violadas podría haber perpetrado a lo largo de esas horas en las que dudó si dimitir o no otras siete declaraciones de semejante profundidad filosófica. No es un mérito, en fin, que él dimitiera sino un demérito que Feijóo o Báñez no lo cesaran.
Ahora bien, aquí estamos hablando todo el rato de ideología, es decir, de ideas, y no cabe duda de que este señor tiene las suyas. Es un hombre que piensa que las mujeres y las leyes solo sirven para ser violadas. Pensamiento político y existencial a tope, no lo negamos. Podríamos decir por tanto que ese señor, de cuyo nombre no queremos acordarnos, es un ideólogo. Pero preferimos decir que es un gilipollas. O sea, un ideólogo de la gilipollez.


http://www.diarioinformacion.com/opinion/2012/10/12/gilipollas/1303936.html

jueves, 4 de octubre de 2012

El cáncer de la gilipollez

Arturo Pérez Reverte - El País - XLSemanal - 24/9/2012

No somos más gilipollas porque no podemos. Sin duda. La prueba es que en cuanto se presenta una ocasión, y podemos, somos más gilipollas todavía. Ustedes, yo. Todos nosotros. Unos por activa y otros por pasiva. Unos por ejercer de gilipollas compactos y rotundos en todo nuestro esplendor, y otros por quedarnos callados para evitar problemas, consentir con mueca sumisa y tragar como borregos -cómplices necesarios- con cuanta gilipollez nos endiñan, con o sin vaselina. Capaces, incluso, de adoptar la cosa como propia a fin de mimetizarnos con el paisaje y sobrevivir, o esperar lograrlo. Olvidando -quienes lo hayan sabido alguna vez- aquello que dijo Sócrates, o Séneca, o uno de ésos que salían en las películas de romanos con túnica y sandalias: que la rebeldía es el único refugio digno de la inteligencia frente a la imbecilidad.

Hace poco, en el correo del lector de un suplemento semanal que no era éste -aunque aquí podamos ser tan gilipollas como en cualquier otro sitio-, a un columnista de allí, Javier Cercas, lo ponían de vuelta y media porque, en el contexto de la frase «el nacionalismo ha sido el cáncer de Europa», usaba de modo peyorativo, según el comunicante, la palabra cáncer. Y eso era enviar «un desolador mensaje» e insultar a los enfermos que «cada día luchan con la esperanza de ganar la batalla». Y, bueno. Uno puede comprender que, bajo efectos del dolor propio o cercano, alguien escriba una carta al director con eso dentro. Asumamos, al menos, el asunto en su fase de opinión individual. El lector no cree que deba usarse la palabra, y lo dice. El problema es que no se limita a expresar su opinión, sino que además pide al pobre Cercas «que no vuelva a usar la palabra cáncer en esos términos». O sea, lo coacciona. Limita su panoplia expresiva. Su lenguaje. Lo pone ante la alternativa pública de plegarse a la exigencia, o -eso viene implícito- sufrir las consecuencias de ser considerado insensible, despectivo incluso, con quienes sufren ese mal. Lo chantajea en nombre de una nueva vuelta de tuerca de lo política y socialmente correcto.

Pero la cosa no acaba ahí. Porque en el mentado suplemento dominical, un redactor o jefe de sección, en vez de leer esa carta con mucho respeto y luego tirarla a la papelera, decide publicarla. Darle difusión. Y así, lo que era una simple gilipollez privada, fruto del natural dolor de un particular más o menos afectado por la cosa, pasa a convertirse en argumento público gracias a un segundo tonto del culo participante en la cadena infernal. Se convierte, de ese modo, en materia argumental para -ahí pasamos ya al tercer escalón- los innumerables cantamañanas a los que se les hace el ojete agua de regaliz con estas cosas. Tomándoselas en serio, o haciendo como que se las toman. Y una vez puesta a rodar la demagógica bola, calculen ustedes qué columnistas, periodistas, escritores o lo que sea, van a atreverse en el futuro a utilizar la palabra cáncer como argumento expresivo sin cogérsela cuidosamente con papel de fumar. Sin miedo razonable a que los llamen insensibles. Y por supuesto, fascistas.

Ahora, queridos lectores de este mundo bienintencionado y feliz, echen ustedes cuentas. Calculen cómo será posible escribir una puta línea cuando, con el mismo argumento, los afectados por un virus cualquiera exijan que no se diga, por ejemplo, viralidad en las redes informáticas, o cuando quien escriba la incultura es una enfermedad social sea acusado de despreciar a todos los enfermos que en el mundo han sido. Cuando alguien señale -con razón- que las palabras idiota, imbécil, cretino y estúpido, por ejemplo, tienen idéntico significado que las mal vistas deficiente o subnormal. Cuando llamar inmundo animal a un asesino de niños sea denunciado por los amantes de los animales, decir torturado por el amor sea calificado de aberración por cualquier activista de los derechos humanos que denuncie la tortura, o escribir le violó la correspondencia parezca una infame frivolidad machista a las asociaciones de víctimas violadas y violados. Cuando decir que Fulano de Tal se portó como un cerdo irrite a los fabricantes de jamones de pata negra, llamar capullo a un cursi siente mal a los criadores de gusanos de seda, tonto del nabo ofenda a quienes practican honradamente la horticultura, o calificar de parásito intestinal al senador Anasagasti -por citar uno al azar, sin malicia- se considere ofensivo para los afectados por lombrices, solitarias y otros gusanos. Sin contar los miles de demandantes que podrían protestar, con pleno derecho y libro de familia en mano, cada vez que en España utilizamos la expresión hijos de puta.


http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/704/el-cancer-de-la-gilipollez/

sábado, 15 de septiembre de 2012

La juez, el fiscal y el Gorrinín


ARTURO PÉREZ-REVERTE El País xlsemanal 9/9/2012

Parece el título de una película italiana de los años 50, de las de Dino Risi o Vittorio de Sica; pero a diferencia de aquéllas, ésta no tiene puñetera gracia. O sí, según se mire. Para reírte un rato, con desesperación, de este país de payasos. En cualquier caso, situémonos: Galapagar, sierra de Madrid, hace un par de semanas. Protagonista involuntario, un picoleto que en coche oficial verde y blanco, con pirulo y rótulo de Picolandia, transporta a su domicilio a una mujer maltratada. Después se acerca a un estanco a comprar tabaco. A los veinte pasos oye un ruido a su espalda, se vuelve y ve a dos pavos que han roto un cristal del coche y están desvalijándolo por la cara. Echa a correr hacia ellos, y los artistas se abren a toda leche llevándose el gepeese del coche y la cartera del agente con su deneí, su carnet de cigüeño, sus tarjetas de crédito y su permiso de conducir, que tenía en la guantera. El guardia llama por radio a los colegas. Galapagar es un pueblo pequeño, y un par de picos se ponen a buscar a los malos. Empieza la caza del hombre.

Ahora vamos con los malandros. Un español y un moro. El español, conocido en el pueblo como delincuente habitual de toda la vida, tiene 35 tacos, y para que se hagan ustedes idea de la calaña del hijoputa, responde al elegante apodo de Gorrinín: treinta detenciones entre 1997 y 2001, seis durante 2010 y ocho desde enero de este año, fecha de su última salida del talego. O sea, 44 coloquetas en cinco años y sigue en la calle. Entra por una puerta y sale por otra. Para entendernos: una típica criatura maltratada por la injusta sociedad moderna. El consorte también es criatura maltratada típica: se llama Jalil, y según me cuenta un amiguete de confianza que tengo próximo al juzgado local, «no es muy listo, así que mayormente el otro lo lleva para que se coma los marrones, porque como es moro lo sueltan en seguida». El caso es que los dos colegas, tras desparramar el coche y largarse con el botín, están echándole un vistazo a la cartera del picoleto cuando antes de tres minutos de reloj les caen encima los colegas del damnificado. Alto a la Guardia Civil y todo eso. Fin del segundo acto.

Cacheo de rigor. Contra la pared, brazos y piernas separadas. Y cuando están en ello, y uno de los guardias va a registrar al Gorrinín, éste se revuelve de pronto, saca una navaja y le pega al representante de la injusta sociedad que lo maltrata una mojada que, de no apartarse a tiempo el picolino, lo pone mirando a Triana. Pero sólo le alcanza un tajo en el brazo izquierdo -que necesitará seis puntos de sutura en el centro de salud del pueblo-. Los dos se agarran y caen al suelo, el Gorrinín pegando navajazos y el cigüeño ensangrentado, procurando no llevárselos él. Al final vence la ley y el orden, como se veía venir, y al Gorrinín y al Jalil se los llevan esposados al cuartelillo. Diligencias, etc. Al rato, él y el consorte están en el vecino juzgado de Collado Villalba. Y allí empieza el cuarto acto del sainete, que es mi favorito.

El fiscal debe de estar muy ocupado, porque no aparece por ninguna parte. Y como no hay fiscal que fiscalice, la juez de guardia, conforme a lo previsto en el artículo 505.4 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, ordena la inmediata puesta en libertad del Gorrinín y su colega. Sin fianza. Eso sí, con la seria advertencia -a uno que lleva ocho detenciones por robo y lesiones en lo que va de año- de que se presente cada quince días en el juzgado. So pena, si incumple, de afearle seriamente la conducta. Así que al Gorrinín le quitan las esposas y le señalan la salida: puerta, camino y El Viti. Y el ciudadano, con la contrición y pesadumbre que son de suponer, se dirige hacia ella; no sin antes detenerse en la puerta, dirigir una pedorreta a los funcionarios del juzgado y a los guardias que están allí, y anunciar literalmente: «Soy el amo de Galapagar, y no podéis hacerme nada. Ya veréis. Os vais a cagar». Y luego, rascarse los huevos, encender un pitillo e irse a tomar unas cañas.

Ahora hagan ustedes, porfa, el bonito ejercicio de imaginar que al picolo del navajazo se le hubiera ocurrido sacar el fusko durante la pajarraca. Y que en el forcejeo se le hubiera escapado un tiro. O que, por impulso propio del instinto de supervivencia, se lo hubiera pegado a propósito al malo entre ceja y ceja, tras el primer navajazo. Calculen los titulares: respuesta desproporcionada, brutalidad picoleta, fascismo guarro, etcétera. Y los telediarios abriendo con nombre, apellidos, domicilio y foto de primera comunión del guardia. Que podía darse por bien jodido, el infeliz. Iban a salirle fiscales localizables y jueces rigurosos hasta de debajo de las piedras.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/20120909/juez-fiscal-gorrinin-3483.html

lunes, 3 de septiembre de 2012

Referéndum

Lo que está haciendo el gabinete de Rajoy no es gobernar, sino desmontar, uno por uno, los derechos y libertades que cimentaron el espíritu de la Constitución de 1978
 
Almudena Grandes 3 SEP 2012 El País 

¿Han sido felices este verano? Espero que sí, porque la memoria de esa felicidad va a resultar imprescindible en los próximos meses. Y no crean que invoco las tinieblas del otoño para llamarles a la resignación ante el rescate inevitable. Me propongo animarles a hacer más bien lo contrario.

Los taurinos saben que un toro manso es más peligroso que uno bravo. Los aficionados al boxeo, que la reacción de un púgil acorralado puede ser más violenta que la de su rival. Este gobierno manso, que está contra las cuerdas, no sólo ilustra admirablemente estas metáforas, sino que además, y eso es lo más grave, desborda con creces el mandato que recibió en las urnas. Una mayoría absoluta jamás puede servir de coartada para minar el consenso democrático, fulminando por decreto las bases de una convivencia acordada por la mayoría de los españoles. Por eso, lo que está haciendo el gabinete de Rajoy no es gobernar, sino desmontar, uno por uno, los derechos y libertades que cimentaron el espíritu de la Constitución de 1978.

Si entonces los ciudadanos fueron llamados a las urnas para aprobar aquel texto en referéndum, hoy no pueden asistir impasibles al espectáculo de su demolición, a manos de un gobierno tan inepto como soberbio, que no sólo no se molesta en informarles de unos acuerdos que van a empeorar sus condiciones de vida durante generaciones, sino que a la vez intenta impedir por cualquier medio que se difundan teorías contrarias a las suyas. Esta crisis, que es mucho más que una coyuntura económica, sólo terminará cuando ocupen el poder políticos capaces de hacer política, y consultar a los ciudadanos, respetar su opinión, es la primera obligación de un demócrata. Si Rajoy tiene miedo de convocar un referéndum, debería dimitir, en lugar de embestir como un toro manso contra los ciudadanos cuyos intereses debería proteger.


http://elpais.com/elpais/2012/08/31/opinion/1346412300_976481.html

viernes, 24 de agosto de 2012

RELACIONES IMPOSIBLES: Benedicto XVI-Tarsicio Bertone

Una situación infernal -  Juan José Millás El País 16 AGO 2012

Se conocían desde los tiempos de la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde hicieron buenas migas ya que los dos eran partidarios de la Inquisición


Benedicto XVI y Tarsicio Bertone no son como un presidente y un vicepresidente, o como un jefe de Estado y un primer ministro. No son, en fin, como Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría, o la reina de Inglaterra y David Cameron, pero casi. Quiere decirse que Bertone manda mucho, manda incluso más que el Papa porque es el que está en la cocina, en la trastienda, es el hombre en la sombra de Ratzinger, vale decir el hombre en la sombra de Dios, lo que desde el punto de vista del poder es la hostia.

Oficialmente, Bertone es secretario de Estado Vaticano y cardenal camarlengo, lo que en la práctica significa llevar la organización interior y exterior de la Iglesia: todo ese papeleo del que precisa Dios, que es un burócrata, para comunicarse con sus criaturas. Pero significa también el control del dinero: los ingresos, los gastos, las inversiones en armas, en fondos de alto riesgo o en fábricas de condones. El cardenal camarlengo dirige el blanqueo de capitales al que es tan aficionado el IOR y sabe por qué de vez en cuando aparece un banquero del Todopoderoso colgado debajo de un puente. En otras palabras, se ocupa también de las relaciones con la mafia, asunto enormemente delicado en una institución cuyo reino no es de este mundo.

En calidad de camarlengo, cuando muere el Papa, hace una cosa muy rara, que es colocarse a la derecha del cadáver y llamarlo por su nombre y apellidos tres veces con una diferencia de tres minutos entre llamada y llamada. El ritual pone los pelos de punta al más pintado porque aunque tú sabes que el Sumo Pontífice está muerto, pues se le ha afilado la nariz, que es lo primero que se le afila a los papas difuntos desde Pío XII, siempre cabe la posibilidad remota de que se levante y pregunte quién le llama, como cuando telefoneas al móvil de un recién fallecido, que se te hiela la sangre en las venas (¿dónde si no?) mientras escuchas los tonos de llamada. Lo normal es que al final salte una voz diciendo que el aparato está fuera de cobertura, porque en el infierno no hay antenas de telefonía móvil, que dan cáncer, pero se te hacen eternos esos segundos, sobre todo si el difunto ha sido enterrado con el teléfono, costumbre que empieza a generalizarse porque se considera que el móvil es ya una extensión del propio cuerpo.

Se hace eterno, decíamos, el tiempo que pasa entre que marcas el número de mamá, que en paz descanse, y la voz de la telefonista informándote de que mamá atraviesa una zona de sombra (¿la laguna Estigia?). Pues imagínense los tres minutos de silencio, tres, que se producen entre la apelación y apelación del camarlengo, con el Papa de cuerpo presente y en su cama, en la cama donde ha dormido cada noche, rodeado por tanto de sus cosas más íntimas (quizá tenga un orinal de plata) que huelen a rancio, como la intimidad de cualquiera, sea Papa o ingeniero informático. Un sinvivir, nunca mejor dicho, porque la actuación se lleva a cabo además en una atmósfera muy lúgubre, con aroma a cera y a incienso revenido, quizá a azufre, pues el diablo no se pierde ni atado este ceremonial, donde ya empieza a mover los hilos para influir en la elección del sucesor.

Si el Papa muerto no contesta, que ya decimos que es lo normal, el camarlengo toma un martillo de plata con el que golpea tres veces la frente del cadáver, para ver si tampoco responde a los estímulos de orden físico. Cada cultura tiene sus métodos. Entre nosotros está muy extendida la costumbre de colocar un espejo frente a la boca del extinto para ver si respira. En la enciclopedia Espasa viene otro procedimiento muy seguro consistente en aplicar la llama de una cerilla encendida al dedo gordo del pie del difunto. Si el dedo se hincha y estalla, significa que está vivo.

Pero no nos desviemos de nuestros intereses. Decíamos que el camarlengo es el encargado de certificar el óbito del Papa, lo que le otorga un protagonismo fúnebre de muerte. Y el Papa es, por su parte, quien elige en vida a la persona encargada de llevar a cabo toda esta liturgia de despedida. Lo lógico es que elija a un amigo del alma, a alguien de mucha confianza, a un cardenal que pronuncie su nombre con respeto, incluso con cariño, no va a nombrar a alguien que le rompa la frente a golpes con el martillo de plata.

No.

Benedicto XVI pensó en Bertone porque se conocían desde los tiempos de la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde coincidieron e hicieron buenas migas ya que los dos eran partidarios de la Inquisición, que es como se llamaba antiguamente este departamento. De modo que cuando Ratzinger ascendió al papado se lo llevó consigo y le confió estos dos ministerios, el de las finanzas y el de las pompas fúnebres, que es como si en un Gobierno de España te dieran ahora mismo Economía, Hacienda e Industria.

En principio no fue mala idea. De hecho, todo iba bien de cara a la galería hasta que a finales de mayo fue detenido Paolo Gabriele, el mayordomo del Papa. La sorpresa fue enorme porque no sabíamos que el Papa tuviera mayordomo, Cristo no lo tuvo, aunque según algunos fue Judas, de ahí el rencor de clase que le condujo a lo que le condujo. El caso es que el Papa no solo tenía mayordomo, sino que lo había sacado de una novela policiaca de tercera, en la que en el primer capítulo ya sabes quién es el asesino. El asesino, en una primera lectura, era Paolo Gabriele, a quien Su Santidad llamaba cariñosamente Paoletto. Pues bien, resultó que el fiel Paoletto tenía los armarios llenos de documentos comprometedores para la curia, algunos de los cuales se habían filtrado a la prensa con resultados catastróficos desde el punto de vista de la imagen del papado actual.

Y aquí es donde de súbito salta también al primer término la figura de Tarsicio Bertone, el cardenal que estaba en la cocina, el prelado que vivía en la trastienda de la SL revisando la contabilidad creativa del Vaticano, el hombre que vivía en la sombra, que apenas salía en los periódicos, pero que era la mano que mecía la cuna. Uno podría presumir de haber entendido la trama de la obra, pero la verdad es que no ha entendido nada, excepto que se trata de una novela de intriga en la que el mayordomo, tras una segunda lectura, parece actuar de chivo expiatorio y en la que la supuesta víctima, Benedicto XVI, permanece atada a su presunto victimario, Tarsicio Bertone, por lazos que le impiden cesarlo fulminantemente de su cargo. Quiere decirse que le destrozará la frente a martillazos. Una situación infernal en la mismísima embajada del cielo.